GENERACIÓN ESTRELLA
FINALISTAS 2025
RELATO FINALISTA 2025
CONTIGÜIDAD DE LOS HOMBRES
Adrián Abshagen Castro
Empezó leyendo novelas de la editorial Alba, pero acabó traicionándose a sí misma. Y es que a la fuerza de facturas ahorcan, se repitió en voz baja mientras removía la espuma del matcha. La vida le había ido alejando de las Brontë, de Tolstoi, de las ediciones hermosísimas llenas de amores imposibles y personajes tísicos. Aquellos mamotretos decimonónicos llenos de discursos altisonantes ahora solo decoraban sus estanterías y ya no le servían para distraerse. ¿Para qué tantos problemas existenciales y preguntas con difícil respuesta? Qué tan distintos le parecían aquellos mundos que había abandonado por pereza lectora, y que había sustituido por algo más amable, más previsible.
Cogió un bombón de praliné que les habían regalado las distintas visitas y cerró los ojos un instante. Todo había salido bien, pensó. En la vida hay veces que hay que dejar de pensar, confiar y dejarse llevar. Metió la ropa en la lavadora, para quitar el olor a pasillo de hospital, dejó la taza en el fregador, agarró la caja de bombones y se fue a descansar al salón.
Encendió la tele y la puso en silencio. Por aquello que había escuchado de que hace mucha compañía, como repetían las abuelitas y los ingresados en planta.
Agarró la novela que estaba en el suelo antes de levantarse. Las paredes de la habitación, las fotografías de un tiempo en el que todavía eran jóvenes y apuestos, y las páginas del libro, todo ello se tiñó con la mentira televisiva. Dejó el móvil a la mano, por si acaso. Entornó las persianas, no sin antes curiosear mirando edificio abajo, mientras la lluvia seguía cayendo por su propio peso. Y medio acostada en el sofá color pastel, se dejó encandilar con la lectura de aquella novelita de la que tanto hablaban en los telediarios y en los culturales, y que de mano del algoritmo le salía anunciada en su Facebook.
De pronto, sonó el ruido sordo del timbre estropeado. Se levantó, se ató bien la bata en torno a la cintura y preparó la propina. Una sonrisa deliciosa la saludo con un buenas, señorita, tenga aquí su pizza napolitana. Ella lo miró y vio en él algo más que un simple repartidor —qué educado y qué esbelto— que estaría trabajando para pagarse su doctorado. Pero fue incapaz de decirle nada más que un tímido gracias—ay, qué tonta—. Se limitó a estirar la mano, con forma de garza— ¿con forma de qué?—, para darle la propina. Pero en ese instante, cuando las pieles se rozaron levísimamente—hay que ver con la mosquita muerta— y el vello del cogote se le erizó, supo que se engañaría al convencerse de que algo entre ellos se había establecido para siempre. Un vínculo que costaría lo que cuesta encontrar un perfil en Tinder—qué apropiado—, pero que, una vez conseguido, su relación nunca se rompería hasta que llegaran a leer la última página de su testamento. Y así fue —y qué fácil era todo—.
Sus días se llenaron de él—qué sorpresa— y solo de él. Picnics sobre futones y con cestitas de mimbre. Atardeceres interminables entre abrazos, y dulces susurros de gaviotas y de olas rompiendo. Él la cubría con su atención, sin que por ello pusiera en peligro su siempre frágil pero inverosímil estatus masculino. Es cierto que ella se había dejado un poco—en realidad, ella nunca había estado a la altura de él—: el estrés de su trabajo y las complicaciones que le había trasladado el médico no ayudaban. Ella había engordado, pero a él parecía no importarle: trabajaba, estudiaba, hacía deporte… incluso terminó su doctorado y consiguió plaza como profesor asociado. Las tardes que le quedaban libres las compartía leyendo con ella y preparándole la cena—hombres así ya no se encuentran—. Y con el susurro de fondo de los programas del corazón, incluso a veces se quedaban durmiendo y acompasaban sus latidos y ronquidos.
Ella cada vez estaba más cansada, más abandonada a sí misma y leía cada vez peor. Más abatida. Él leía monografías y estudios para sus artículos, mientras que ella solo compraba libros con portadas chillonas. Las tardes entre los tilos y las gardenias junto a él se redujeron a una anécdota. Él decidió dejarse barba—pelirroja, así estaba mucho más guapo—. Y ella, siempre que él volvía del trabajo, siempre estaba devorando según qué novelas, como si huyera de no sé qué—qué tonta, así se pierden las cosas valiosas, verás—. Acostada, y con posturas inverosímiles, parecía asemejarse a las hinchadas esculturas del dios Baco sobre las que él estaba investigando. Aunque en su caso, ella engullía sin distinción páginas en vez de vinos.
Una de esas tardes, él la llamó. Que no le esperara a comer, tenía tutorías— ¡uy,uy,uy!—, y que llegaría como muy pronto a las nueve, pero que bueno, que con la tormenta quizá se alargaba la cosa. Así que ella se quedó aquella tarde —como siempre—leyendo y retorciéndose en el sofá.
La lluvia seguía cayendo, y mientras ella terminaba la novela en la que se describían todos los pasos que desembocan en un adulterio—era evidente—, él iba por fin de camino. Al mismo tiempo que ella sentía punzadas de envidia por saber quién y cómo era ella— ¿sería extranjera, estaría depilada a la francesa?—, él entró en el portal, sacudió el paraguas y lo cerró. Si para ella no existía nada más que aquel encuentro impreso en tinta, él ya había salido del ascensor. A la vez que ella se deslizaba por el libro esperando alumbrar con palabras la imagen de la nueva mujer— ¿le esperaría con lencería provocativa y recostada en la cama?—, él, con sus pies, arrastraba por el pasillo sus muchos años de colesterol y calvicie lampiña.
Sonó el timbre. Ella no escuchó nada: seguía atrapada en las últimas páginas Él esperó, sacó la llave y entró. Abrió la puerta del salón y la halló en una postura más propia de una lagartija, con la tele encendida y tapándose la cara con un libro casi a juego con el sofá. Entonces, ella bajó la novela y la cerró. La realidad no la apuñaló: la descuartizó con desgana en el corazón y todo se deshizo. El hechizo de papel estalló en añicos:
—Puri —dijo él antes de agarrar tres bombones y rascarse el culo—, el médico me ha dado el alta. ¿Se puede saber qué mierdas lees?