GENERACIÓN ESTRELLA

 FINALISTAS 2025

RELATO FINALISTA 2025

EL ENCIERRO

Virginia Cerezo

Me senté en una esquina. Había en la habitación una silla y una cama de proporciones más bien estrechas, pero me sentía más a salvo allí, con mi cuerpo en contacto con el gélido suelo. Llevaba días sin ver el mundo exterior, y la única luz que entraba en la estancia provenía de una ventana cuya persiana se hallaba ligeramente subida, dejando un hueco de poco más de un centímetro. Había perdido la noción del tiempo. Solo lograba ser consciente de en qué momento del día estaba cuando Ellos entraban con mi desayuno, comida o cena, que yo apenas tocaba. Pero a excepción de esos momentos, me encontraba solo con mis pensamientos.

Cierto es que no recordaba cuántos días llevaba retenido allí, pero seguía conservando las ganas de vivir. De momento. Ni siquiera era capaz de comprender el motivo por el que Ellos me habían encerrado. Puede que pensaran que podían obtener algo de mí, pero yo no tenía poder alguno. No tenía dinero, ni conocimientos, ni influencia. No había nada que me pudiera sacar de esa prisión, y había visto muchas películas, podía adivinar cómo iba a terminar todo aquello. Estaba acabado. Perdido para siempre.

Me sobresaltó el sonido del pomo de la puerta, chirriante. Era viejo y tenía marcas de óxido en los bordes. Mientras se abría la puerta, me enderecé, intentando reposicionarme de la forma más decente que pude en mi triste esquinita. No permitas que vean tus debilidades, me dije a mí mismo. Pero estaba cansado, y me moría de hambre, y la parte de mí llena de desesperación me chillaba en el cerebro que quería saber cuándo iba a terminar todo aquello. En esa ocasión, fue la Mujer la que me trajo la bandeja con comida.

—Puré de patatas con jamón. Cómetelo en vez de marranear y apartarlo casi todo a los bordes del plato, o cada comida que te traigamos llevará menos cantidad que la anterior, y al final sí que acabarás suplicando que te demos de comer —me dijo con cara de irritación.

Asentí y le lancé una mirada cargada de desprecio, pero sin pasarme demasiado, porque no quería empeorar las cosas. No comía mucho, pero sí que picoteaba cuando tenía hambre, y si Ellos acababan dejándome sin comer del todo, ahí sí que llegaría mi final.

Pasaron los días. Me permitían ducharme y lavarme los dientes, pero hasta ahí llegaban mis libertades. Por supuesto, no iban a dejarme tener acceso a internet, era obvio, pero Ellos ni siquiera me permitían ver la tele, y yo solo quería algo que me conectara al mundo exterior. Lo único que me dejaban usar para entretenerme eran libros, pero mis ojos estaban demasiado cansados para leer.

Otro día. Otro día perdido. Un día que jamás recuperaría. ¿Qué había hecho yo para merecer aquello?

Y otro día más.

Y otro.

La puerta se abrió. Eran Ellos. Los dos. La Mujer llevaba en una mano un vaso de leche y unas galletas envueltas en una servilleta en la otra. Debe de ser por la mañana, me dije a mí mismo con el ánimo exhausto. El Hombre me miró con severidad. Era una mirada desafiante, y me asustó de una forma tan repentina que retrocedí unos centímetros hasta que mi espalda se topó con la pared. Pero ya no podía más.

—¿Cuándo dejaréis que me vaya? —pregunté en un susurro, sin estar seguro de si me habían oído.

Se me quedaron mirando, sus caras el reflejo de la sorpresa más absoluta. Estaba claro que no esperaban que actuara con osadía ni nada que se le pareciera.

—Aún no lo sabemos —respondió el Hombre.

—Pe… Pero… —balbuceé—. ¿Cuándo lo sabréis?

—Eso depende de ti. Tú sabes lo que has hecho —dijo la Mujer.

—No he hecho nada malo —insistí, dejándome llevar por la poca fuerza que me quedaba dentro—. Por favor. No podéis retenerme aquí para siempre.

—Mira y aprende —replicó la Mujer, y sin más, se marcharon y me volvieron a dejar ahí dentro encerrado.

Me planteé romper el vaso para usarlo como arma, pero me habían traído la leche en uno de plástico. Hijos de perra, qué astutos eran.

¿Cómo había pasado todo esto? ¿Y por qué? El momento en el que me habían encerrado se había esfumado por completo de mi memoria. Todo estaba difuso. Tan borroso como el mar para un miope sin gafas. Lo único que tenía claro era que Ellos esperaban algo de mí, pero yo no sabía qué era ese algo. No tenía ni idea de cuánto tiempo iba a tener que estar allí. Y al parecer, ¿dependía de mí?

Otro día.

Y otro más.

Ellos venían y se iban. Me daban de comer. Me mantenían con vida. Lo justo, al menos.

Tengo que escaparme, pensé. Sí, tal vez esa era mi única solución. Un último intento. Si nadie iba a venir a rescatarme, tenía que ser valiente e intentar liberarme por todos los medios. Sí, cada vez tenía más claro que nadie más tenía intención de luchar por mí. La próxima vez que vengan, me dije, les atacaré. Y entonces seré libre.

No pude dormir esa noche. El silencio intenso me irritaba. La quietud hacía que me hirviera la sangre. Pero también me producía ansiedad. ¿Qué me pasaría si mi plan se iba al traste?

Un tenue rayo de luz se coló en la habitación. Por fin. En breve, Ellos vendrían con mi desayuno, y esa sería mi única oportunidad. Éxito o fracaso. Mi libertad o mi muerte. No tenía otra opción.

Empecé a oír pisadas que se movían de un lado al otro del pasillo que daba a mi habitación. Dos pares. Caminaban con rapidez. De repente, el sonido se acercó, cada vez más, y mi corazón se aceleró al ver cómo se movía el pomo de la puerta. La Mujer entró primero, seguida del Hombre. Pero ninguno traía comida.

No tenía miedo. Bueno, la verdad es que sí. Estaba aterrorizado. Mi respiración era tan rápida y agitada que estaba seguro de que Ellos podían oírla desde el otro extremo de la habitación. Posé mis manos sobre mis muslos y los apreté, incapaz de armarme del valor y la fuerza que sabía que necesitaba para mi huida. Me quedé ahí, pasmado. Ellos me observaron como hacían siempre, solo que, esta vez, sus ojos irradiaban resignación. Parecían rendidos. Yo decidí no hacer ni decir nada, por miedo a que eso empeorara las cosas.

—Bueno —dijo la Mujer con un suspiro—. Ya está.

¿Qué era lo que estaba? ¿Ya estaba mi final? ¿Era libre? ¿O habría otro horror esperándome?

El Hombre se dio cuenta de lo confundido que estaba y dio un par de pasos hacia mí.

—Hijo, te levantamos el castigo. Has aprendido la lección. O al menos, eso esperamos. Levántate.

Tras lo cual, Papá me tendió la mano para ayudarme a ponerme en pie, y me dejaron salir de la habitación. Los tres nos dirigimos a la cocina y desayunamos juntos. Mamá había hecho bizcocho de naranja con nueces.

Pero no logro recordar por qué me habían castigado, así que no he aprendido nada.