PREMIO GENERACIÓN ESTRELLA

RELATO GANADOR Y FINALISTAS 2020

 RELATO FINALISTA 2020

NADIE SE MUERE EN VERANO

Aarón Sáez Escolano

“Nadie se muere en verano”. Es el primer imbécil pensamiento que me salta en la cabeza cuando me dicen que la mujer del Silvino ha muerto. No le pongo cara a la mujer del Silvino. Me sé los apodos de la gente de la vereda pero ni siquiera los ubico del todo en las casas exactas. El Silvino es el que cultiva los mejores tomates de pera y le da a mi madre los feos que no se pueden vender en tiendas pero que están igual de buenos.

 

 

Me llama mi primo y me pregunta si voy a ir a darle el pésame a la familia del Silvino y le digo que no. “Tío no voy a ir”. No le digo que el motivo es que no me quiero acercar a la mampara de la sala uno del tanatorio, poner las manitas en el cristal, mirar el ataúd abierto y que se me escape en voz alta “coño claro, esta es la mujer del Silvino” mientras todos se giran y me miran y yo sigo sin saber cómo se llama nadie. Mi primo de todas formas se acerca con el coche esa tarde y se fuma un cigarro en el patio mientras me dice que no encuentra trabajo. Después apaga la colilla en un cenicero de coco y me dice “te has dejado las redes sociales, ¿no?”. Me he dejado las redes sociales y la cocaína. Al mismo tiempo. Y aunque parezca extraño sé que es absolutamente la misma decisión.

 

 

Laura tiene siempre una luz un poco azul encendida en su habitación. Vive con sus abuelos desde pequeña y su ventana da a unos huertos fríos de naranjos. La humedad de la tierra sube en invierno, esos inviernos cortos pero definitivos, hasta la ventana, en un vaho denso que me hace pensar que la tierra respira fuerte. He visto como crecía Laura, que tiene la edad de mi hermana. He visto cómo le crecían primero los dientes y después las tetas. Laura es eso que ahora llaman “absoluta nativa digital”, y vive en su cuarto. Vive en verdad desde su cuarto al mundo y tiene muchos seguidores que son en verdad su familia y tiene tik tok, y tiene twitch y tiene instagram y tiene 16 años.

 

 

“Me he dejado las redes primo, porque estaba un poco harto y no entiendo nada, y encima últimamente lo único que hacía era mandar mensajes privados cuando voy colocado como una rata.” Mi primo usaba las redes para subir fotos de su hijo pequeño y de su novia cuando iban los sábados al cine y creía que yo siempre exageraba cuando le hablaba de drogas, mujeres, o noches. “No será para tanto”, me dice. Pues no será para tanto pienso por dentro mientras le rechazo un cigarro y le saco una cerveza.

 

-¿Tú no bebes primo? -me dice medio enfadado.

-No primo yo ya no bebo.

 

He venido a la huerta a dejar de beber, a dejar de meterme coca, a dejar de mandar fotos de mi polla a cualquiera que me responda un mensaje y a comerme los tomates feos del Silvino que no se pueden vender en tiendas. Es lo que quiero decirle a mi primo. Pero no me sale. Le digo que es algo temporal.

 

 

Laura se ha enterado de cómo funciona Only Fans porque lo ha visto en redes. Ha visto que las chicas famosas y liberales aprovechan sus seguidores para abrir páginas donde se masturban y sacan las fotos que les censura instagram a cambio de que desconocidos le ingresen un dinero mensual. Laura pensó unos días si hacerse Only Fans o no. Aunque no tenga relación, dos semanas antes de que su abuela terminara de morirse, porque se llevaba muriendo dos años, se hizo por fin Only Fans. No lo hizo porque sus amigas lo hicieran y toda su generación coquetee con la idea de sacar dinero de los babosos que les mandan privados con fotos de pollas. Lo ha hecho porque ha visto que las pequeñas princesas disney se han liberado a través del porno, autoproducido, autofilmado y autocobrado, y porque al fin y al cabo no hace falta hacer mucha cosa rara para levantar mil y pico pavos al mes, sin moverse la habita, viendo el vaho subir hasta la ventana desde las copas de los naranjos.

 

 

Yo antes vivía en Madrid solo, y pasaba días pasando fotos y fotos sentado en mi sofá, necesitaba cada píxel de cada imagen de cada tía que mostrara el más mínimo e ínfimo interés por mostrarse en público en una red social. Yo estaba ahí, totalmente ido, bebiendo durante días, sin dormir, con la polla flácida del pasón que llevaba encima pero excitadísimo y desatado. Lo pienso mientras paso por la puerta de la casa de Laura con mi primo. Laura, que yo sé que está allí arriba con las manos entre las piernas. Yo podría verlo por un módico precio. Mi primo también, pero no se lo cuento. No le cuento nada porque nunca me cree.

 

 

Laura no ha tenido trabajo nunca. Tiene 16. Su abuela, la mujer del Silvino se acaba de morir.  Tal vez hoy ponga fotos menos subidas de tono, algún filtro más oscurete puede servir, no una foto con su abuela, porque sabe que su instagram es la puerta de acceso a su OnlyFans y no quiere que los pajeros que le pagan vean a su abuela antes de correrse con un vídeo en el que Laura prueba uno de esos trastos que son consoladores vibradores pero que pueden manejar a distancia dando tokens los seguidores de su página. Ese día, el día que grabó ese vídeo, fue uno de los últimos que su abuela estuvo en casa antes de ingresar para siempre en el hospital. Los recuerdos se le amontonan pero no se le revuelven. Es fuerte. Sabe diferenciar entre su coño y su corazón. Sabe dónde tiene cada cosa.

 

 “¿Sabéis que yo tengo la esquela de vuestro abuelo?” La frase de (Jesús creo) el Silvino me deja de poliespán y a mi primo le pasa igual. Abrimos los ojos fuertes y mi primo le dice con acierto y con naturalidad: “Jesús no me diga, debía usted de querer mucho a mi abuelo”. Bien, ahora sé seguro que se llama Jesús pero necesito una explicación a lo de la esquela. Jesús el Silvino, que acaba de perder a su mujer pero no parece haber perdido ni a un periquito nos responde con tranquilidad. “Pues no, no es que quisiera yo espesialmente a tu abuelo”. Vaya. Y entonces nos cuenta Jesús el Silvino que es que él colecciona esquelas. Todas las mañanas va a la Iglesia del pueblo y luego se pasea por Orihuela y va al tanatorio y todas las esquelas que va viendo las recoge y las guarda, y tiene las de nuestro abuelo y la de nuestros tíos muertos. Y no lo dice pero piensa que tal vez algún día podría llegar a tener las nuestras.

 

 

Durante los dos años que estuve bastante perdido mi vida fue un secreto. Un secreto que me guardaba a mí mismo. En el momento en que conseguía parar, o me quedaba sin droga, sin dinero o sin alcohol, borraba todos los mensajes a todas las chicas y chicos. Todos los números de los camellos. Todas las fotos de pollas. Todas las fotos de tetas y vídeos de chicas. Todo lo borraba. Damnatio Memoriae. Cada mensaje. Cada rastro. Cuando salía del agujero a los dos o tres días, todavía algún número sin registro me enviaba un whatsapp con una dirección, o con una disculpa, o con una futura posibilidad. Y yo seguía borrando y enterrando y prometiendo nunca más. Tal vez en algún momento le escribí a Laura. Es terriblemente posible que sentado en mi sofá, pasando fotos una tras otra, le escribiera a Laura.

 

 

“¿Y tiene muchas esquelas Jesús?” Había que preguntárselo carajo. No podíamos quedarnos con eso. Jesús el Silvino nos dice que tiene más de cuatrocientas que ha ido recogiendo a lo largo de los años. Que las lleva siempre en el maletero de la furgoneta, y a veces, cuando echa un vale para tomarse una cerveza o un bocadillo, coge un taco al azar y pasa las fotos, las esquelas, una a una, y entonces piensa si conocía mucho o poco a esas personas, los recuerdos que tiene de ellos, dónde vivían, qué les gustaba, de qué hablaron la última vez que se vieron. Si es que hablaron alguna vez. Jesús pasa fotos de muertos después de cuidar los tomates de pera más buenos que hay en toda la vega baja del Segura. Se sienta y mira esquelas, y recrea en su cabeza las vidas de gente que ya no recuerdan ni sus propios descendientes. Jesús, el Silvino, es el último reducto de la memoria de personas que no existen en redes, ni en retratos ni en ninguna otra memoria, real o digital.

 

 

Mi primo se acaba de ir. Pienso en el Silvino pensando en mi abuelo. Pienso en la nieta del Silvino, Laura. Ambos salen en la furgoneta hacia el tanatorio. Están tranquilos. Pienso en las esquelas que van en esa misma furgoneta. Pienso en Laura viendo las esquelas. Pienso en la gente que ve a Laura en Only Fans. Pienso en mí pasando fotos con la polla en la mano. Ha sido un año duro. Para mí, para Laura y para Jesús, y me pregunto si tendrá las santas pelotas de coger también la esquela de su mujer y barajarla con la colección, para que le pueda salir al azar en uno de sus descansos, como podría salirle la de mi abuelo, y entonces pensar en ella, y dedicarle el mismo tiempo que al resto de los vecinos. Remozar la memoria en una performance pequeña sin espectadores. Pienso en la performance que hace su nieta. En sus espectadores. En mí.

 

Aprovecho la ausencia del Silvino y de su nieta. Entro por la puerta del patio que sé perfectamente que ha estado abierta siempre. Subo por las escaleras buscando la habitación de Laura. La encuentro. Está anocheciendo. Enciendo su luz azul. Bajo corriendo. Me escondo entre los naranjos, el vaho de la huerta empieza a subir y yo me masturbo y me vierto en la tierra mirando su ventana azul. Vacía. Vacío.

 

Al volver a casa me como un tomate de pera del Silvino, dicen que mejoran el sabor del semen. Tal vez el semen ahora también mejore el sabor de las naranjas. Ha sido un día largo. Me gustaría haber sabido decirle algo a Jesús, y saber qué decirle a Laura. Me gustaría saber qué decirle a mi primo, y a mi hermana. Me gustaría saber qué decir, aunque solo fuera por variar, una sola vez en esta vida.