PREMIO GENERACIÓN ESTRELLA

RELATO GANADOR Y FINALISTAS 2020

 RELATO FINALISTA 2020

LA HUIDA

María Ayala Hernández

Siempre había pensado que la noche era el mejor momento para escribir. En la soledad de su cuarto, iluminado tan solo con una pequeña lámpara de gas, las palabras empezaban poco a poco a posarse en su cuaderno, como por arte de magia, unas junto a otras. Solo entonces su interior se relajaba y dejaba salir las cosas más profundas. Solo entonces dejaba de ser ese niño raro y enclenque que habitó su infancia, ese adolescente retraído y solitario que tanto sufría con las convenciones sociales, para convertirse, un día en artista de trapecio y otro en padre de once hijos.

Sin embargo, aquella noche la escritura no fluía. Sentado en su escritorio de roble, un tanto incómodo (de él sobresalían dos puntas de madera en las que sus rodillas se clavaban), observaba a través de la ventana los enormes copos de nieve que caían sobre el Moldava. El frío era tan intenso que parecía estar nevando en el propio cuarto. Sus manos eran dos bloques de hielo y en la Oliver 5 que había sustituido a su antiguo cuaderno todavía esperaba, muda, una página en blanco. Piensa, Franz, piensa, se repetía una y otra vez mientras se repasaba las cejas con sus meñiques. Sé el hacha para el mar helado que llevas dentro. Pero no, aquella noche no había forma de encontrar nada en su interior a lo que dotar de sentido sobre el papel. ¿Acaso Felice le había nublado la inspiración? Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl. Las dos y media. Sería mejor que se echase en el canapé e intentara dormir un poco. Ya que no podía escribir, por lo menos al día siguiente su tedioso trabajo en la oficina sería a buen seguro algo más llevadero.

Justo estaba poniéndole la funda a la máquina de escribir cuando creyó oír un ruido. Por un momento, pensó que podía ser su padre y el vello de su nuca se erizó. La última vez que lo descubrió escribiendo a esas horas de la madrugada, lo amenazó con tirar la máquina a la basura. “No hay mayor literatura que el trabajo bien hecho”, recitaba con voz grave cada vez que lo sorprendía con un lapicero en la mano. Cómo lo odiaba. Si no fuera por su madre y sus hermanas, se habría ido de allí hacía ya mucho tiempo. Aguzó su oído para tratar de adivinar de dónde procedía aquel sonido. No, no parecía venir de fuera. Era como un crujido suave, casi imperceptible, si no fuera por el mutismo que reinaba en la habitación. Un poco más calmado, miró hacia el suelo y pudo ver que algo se movía a los pies de la puerta, aunque no podía distinguir muy bien de qué se trataba. Cogió la lámpara que descansaba en el escritorio y se agachó con cuidado para alumbrar al culpable de haber roto la calma de aquella fría noche. Entonces lo vio. Algo parecido a un escarabajo movía sin cesar sus patitas en un intento reiterado de escapar de la habitación. Iba de un lado a otro buscando la salida, pero una y otra de vez se daba de bruces contra la puerta cerrada.

 Franz se quedó absorto unos cuantos minutos contemplando la escena. Había algo hermoso en la lucha que esa pequeña criatura estaba librando por salir de allí. ¿Estás desesperado? ¿Sí? ¿Quieres escapar o esconderte?, le susurraba. La tenacidad con la que embestía la puerta tenía algo hipnótico. Le producía una extraña fascinación. Mientras él, desde arriba, sopesaba si sería mejor dejar que ese pobre bicho cumpliera su deseo o, por el contrario, debía acabar de una vez por todas con su sufrimiento.

Pasado un rato, tal vez movido por la compasión que le había despertado aquella agónica danza, optó finalmente por abrir la puerta. El escarabajo salió raudo hacia el pasillo, caminando hacia adelante a paso acelerado, mientras sus antenitas se movían en todas direcciones. Pobre. Parecía incluso feliz sin saber que, más pronto que tarde, un nuevo obstáculo le cortaría el paso. Una nueva puerta, un escalón, un muro detendría sin remedio su huida hacia otro lugar. ¿Llegaría alguna vez a dónde deseaba o, en realidad, nunca tuvo claro el lugar hacia el que dirigir sus pasos?, pensaba mientras lo veía alejarse.

Poco a poco, el escarabajo dejó de ser visible, y su sombra acabó perdiéndose al final del largo pasillo que separaba la habitación del resto de estancias de la casa. Franz cerró la puerta de su cuarto. Giró la cabeza hacia el baúl donde descansaba el reloj. Las tres menos cinco. Reconsideró entonces la idea de echarse en el canapé y volvió a destapar la funda con la que hacía poco había cubierto su Oliver. Sentado de nuevo en el escritorio, enseguida sus meñiques empezaron a frotar con avidez sus pobladas cejas. Sus ojos clavados en la página en blanco. La nieve seguía cayendo sobre el Puente Checo, pero sus manos ya no estaban frías. Un calor intenso había comenzado a invadirlas, como por arte de magia, y enseguida empezó a irradiarse al resto de su cuerpo. Al poco, toda la habitación estaba ardiendo.  Mientras, ajenas a las llamas que devoraban el cuarto, las yemas de sus dedos se abalanzaron sobre las teclas y comenzaron a escribir: “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”