GENERACIÓN ESTRELLA
FINALISTAS 2025
RELATO TERCER GALARDÓN 2025
ALGO QUE FLOTA
Alejandro Calzón
Los primeros en verlo fueron los más distraídos, que enseguida señalaron al mar. Ella ya estaba ahí cuando el corro empezó a formarse, agitada por esa enorme novedad. Al principio solo fue un enorme bulto gris, pero pasados los primeros minutos anunciaron que brillaba y que quizá estaba vivo. Alguien gritó que esa cosa se movía, y de entre esos cuerpos calientes uno se abrió paso: un chico joven dispuesto a investigar.
¿A dónde va?
Ahí hay algo raro. Algo que flota.
Unas cuantas nubes tapaban el sol, arrojando una luz uniforme que aplanaba todo. El chico joven nadó tan decidido que no tardo en llegar a tocarlo. Después se sumergió por completo, como si hubiera mucho más por debajo.
¿Dónde ha ido? ¿Lo veis?
Sí, está ahí. Hace un momento estaba ahí.
A ella no le costaba identificar su sombrilla desde la aglomeración. Él seguía ahí, sentado en su silla de plástico, aunque casi todos estuvieran pendientes de la masa que se aproximaba. Él le sonrío y ella le hizo un gesto para que fuera a su lado.
Al volver del agua el chico joven resolvió el enigma con serenidad: «Es una cabeza, es la cabeza de un pez». Con la noticia trajo el olor, que instantáneamente se poso sobre toda la playa, tapado y baboso, como si su llegada estableciera una ley.
Cuando él dejó su silla de plástico y se reunió con ella en la orilla parte de la cabeza del pez ya tocaba la arena, rodeada por una corona de colgajos densos que se resistían a despegarse. Los más curiosos se ponían cara a cara frente al bulto y lo grababan, alguien lo sobó con un palo sin llegar a ninguna conclusión.
¿Qué es?
Creo que una cabeza. No lo sé. Parece que algo la ha mordido, le dijo a él.
Estaba casi segura de haber distinguido un ojo y unos pocos dientes, pero lo cierto es que solo era una masa grande y muerta, del tamaño de un niño, que se exhibía en la espuma decidida a no moverse de ahí.
Dios mío, ese olor ¿No lo notas?
Sí, pero no es para tanto.
Cuando las nubes se aclararon casi todos se habían acostumbrado a la cabeza. Ella no aguantó mucho rato bajo la sombrilla, se sentía invocada por esa cosa muerta, resistiéndose a abandonarla. También la fotografió desde varios ángulos. Los otros no dejaron de pasear por la orilla, semidesnudos y ajenos a la putrefacción. El movimiento natural del agua meció el enorme trozo a medio morder, diseminando sus vísceras blanquecinas. Algunos las pisaron por accidente, desplegando aún más su hedor.
Se mantuvo cerca de la cabeza hasta que la retiraron. Dos policías municipales trajeron una pala que no sirvió de mucho. La cargaron ayudándose de sus brazos, incapaces de abarcarla entera. Los jirones más descompuestos se desprendían del bulto como ropa mojada, chorreándoles por las piernas. Les avergonzaba su falta de preparación y, mientras se seguía desmontando, debatían a gritos en medio de la playa sobre cómo deshacerse de ella. Lo resolvieron llevándose lo más importante, algo así como el núcleo, y tiraron en un contenedor los restos más resbaladizos. Ella les preguntó qué iban a hacer con esa cabeza a un volumen al que era imposible escucharla, y les siguió con la mirada hasta que quedaron lejos, frente al coche, tratando de envolverla en un plástico grueso incapaz de albergar tanta carne muerta. Cuando se dieron por vencidos acomodaron la cabeza sobre los asientos traseros, bajaron las ventanillas y se alejaron lentamente del paseo marítimo.
Caída ya la tarde se concentró en espiar las pocas charlas que surgían bajo las sombrillas de alrededor, pero la gente que quería aprovechar el poco sol que les quedaba no hablaba sobre esa cabeza podrida, por mucho que el olor siguiera ahí.
Al final del día se le alojó dentro del cuerpo.
Cuando durante la cena le preguntaron por qué no comía ella volvió a contar la historia: algo que flota, un hombre joven que va a verlo y que dice: «Es una cabeza, viene una cabeza», la peste que se va pegando al suelo, una masa en la que solo se ve un ojo, algunos pies que pisan sus restos y esos hombres que no pueden cargarla mientras se les desarma encima. Al terminar la historia necesitaba empezarla de nuevo; para ordenarla mejor se concentró en el hueco de la mesa que dejaban libre los platos, pero cuando volvió a fijarse en él y en su familia notó un silencio raro. Después él le indicó que debía parar, tocándole una pierna con la mano. Para justificarse ella se señaló al pecho y dijo: «Perdón, pero es que no me lo puedo quitar de encima».
Le aterrorizaba soñar con esa cabeza o con algo peor que tuviera que ver con ella, pero solo soñó con una casa abierta de par en par, vacía por completo y rodeada por un grupo de encinas. Lo primero que hizo al despertar fue comprobar si el olor seguía ahí, junto a ella.
¿Pasa algo?, le dijo él, tumbado aún en la cama.
No, nada.
Decidió bajar temprano a la playa y pasear por la orilla. Anduvo hasta alcanzar los restos de unas rocas filosas esparcidas como un límite sobre la arena; las gaviotas aún dormían ahí. Miro a su alrededor y se aseguró de que nadie la observaba, después se introdujo en el mar. Nadó durante dos horas con los ojos abiertos, orientada por el sol y las boyas, hasta que estuvo convencida de que no había ninguna cabeza más. Se mantuvo en ella un pequeño temblor que siguió recorriéndole las caderas incluso un rato después de haber llorado. El olor tampoco estaba ahí, pero podía volver.
Al regresar al lugar de siempre él estaba sentado en una silla de plástico bajo la sombrilla. Ella le sonrió, se acuclilló a su lado y le tocó un brazo. Se escuchaban las conversaciones cercanas, pero no las palabras, también el agua y algún grito de alegría infantil al culminar un juego. No se inmutó, tampoco lo hizo cuando insistieron en preguntarle qué le pasaba. Una vez se acostumbraron a ese nuevo silencio continuó mirando hacia el horizonte hasta el atardecer.