GENERACIÓN ESTRELLA
FINALISTAS 2025
RELATO FINALISTA 2025
EL GILIPOLLAS
José Miguel Lax Asís
─No sé si a ti te pasa, pero cuando yo oigo la palabra botadura, antes de pensar en echar un barco al agua, lo que pienso es en las botas Dr. Martens. Ya sabes, las que llevan los skinheads. Las de punta de acero. Por lo de la bota dura, ¿lo pillas? Bota Dura —dijo Antonio después de esputar sangre.
─Antonio, créeme, yo siempre he sido de los que han valorado tu ingenio, pero ahora mismo esta es la contestación más gilipollas, teniendo en cuenta tu situación actual, que te he escuchado en la vida─ le respondió Paco.
─También está la palabra recordar─ siguió Antonio. En este momento me tienes atado a una silla con tres cuerdas. Una alrededor de la cintura, apretada fuerte al respaldo. Otra rodeándome las muñecas detrás de la espalda. La última me sujeta los tobillos y los fija a las patas de la silla. Pues tú dirías que me tienes atado, pero me gusta pensar que estoy recordado, por lo de estar atado con cuerdas.
El golpe que recibió Antonio en la cabeza, sobre la ceja izquierda, hizo peligrar el equilibrio de la silla hacia atrás, al pasar de apoyar las cuatro patas en el suelo a solo dos debido a la inercia del golpe. El segundo, el del estómago, le vació los pulmones de aire, lo que provocó en Antonio una violenta tos y un nuevo escupitajo sanguinolento.
—Antonio, no sé si crees que disfruto haciendo esto; en parte sí, por lo que te he comentado, lo de que eres gilipollas, pero realmente me estás obligando a hacerte daño. ¿A dónde cojones quieres llegar con esto? ─ preguntó Paco encogiéndose de hombros.
─No intento llegar a ningún sitio, máxime teniendo en cuenta que estoy recordado a una silla —dijo Antonio mientras sonreía—. Lo único que hago es lo que me has pedido. Puede que esté confundido, por lo de las hostias en la cabeza, pero me has dicho que reflexione mientras llega el jefe, y eso estoy haciendo, reflexionar.
—Creo que tanto tú como yo sabemos que, cuando te he dicho que reflexiones, no me refería a que te pusieras en plan académico de la lengua, que en tu caso sería la G mayúscula, porque eres un gilipollas mayúsculo. Lo que quiero es que pienses en las palabras concretas que le vas a decir al jefe cuando llegue aquí, a las tres de la mañana, y te pregunte dónde has escondido el dinero que le has robado. Por el tema de que te mate más o menos rápido y eso.
─Si me lo permites, Paco, no paras de llamarme gilipollas. Si en algo valoras, ya no la amistad entre nosotros, pero sí el compañerismo, prefiero la palabra subnormal. Sé que tiene un carácter más comprometido, por lo del síndrome de Down, pero el sub delante le proporciona una sonoridad muy guapa. Si esto fuese un podcast, lo podríamos llamar El subnormal y el subordinado, la doble sub.
─ Prefiero seguir llamándote gilipollas. La g me hace cosquillas en la garganta.
El ruido metálico de la puerta de la nave industrial abriéndose sobresaltó a Paco y Antonio. Aunque fue más visible en Paco, ya que Antonio seguía atado a la silla. Los faros del Mercedes-Maybach GLS 600 (rojo jacinto metalizado) del jefe llenaron los espacios en penumbra del interior de la nave industrial, hasta entonces solo iluminada por tres focos de obra que, apoyados en sus respectivos trípodes, apuntaban hacia Antonio.
─ Paco, Paco, Paco ─ repitió el jefe cuando se bajó del coche seguido de tres matones ─. Veo que has hecho los deberes.
—Por un momento me has recordado a la canción de Encarnita Polo —interrumpió Antonio—, por lo de Paco, Paco, Paco.
─Paco, dale una buena hostia a ese gilipollas ─ dijo el jefe mientras señalaba con la cabeza en dirección a Antonio.
Esta vez, la silla sí que perdió totalmente el equilibrio, cayendo hacia el lado derecho de Antonio, que recibió un fuerte golpe en el costado izquierdo.
─Poned a ese gilipollas de nuevo en pie─ ordenó el jefe, con especial énfasis en la D final del imperativo.
─En realidad sería recto, no de pie —hizo ver Antonio—, ya que estoy sentado en una silla.
Antonio recibió una fuerte patada de Paco en las costillas, sin que nadie lo ordenase, entre el noveno y décimo espacio intercostal, lo que provocó un dolor agudo y penetrante. Una señal de que alguna de esas dos costillas, la novena o la décima, si bien no se había roto, sí se había fisurado.
─Vamos a dejarnos de mierdas y de fingir que no sabemos por qué estamos aquí. Es tarde, así que vamos directamente al grano. Antonio, ¿dónde cojones está mi dinero? ─preguntó el jefe.
─Si te refieres a tu dinero en general, ni idea. Si te refieres a los quinientos mil euros que te he robado, vas a flipar cuando te lo diga─ contestó Antonio.
—Voy a obviar el primer comentario porque, viéndote la cara, estoy empezando a pensar que te mola que te peguen. No sé si tienes un rollo masoquista o qué mierda te pasa. En cuanto a lo de flipar… en fin, sorpréndeme.
─Pues mira, como es tarde y esta gente querrá acostarse, te explico brevemente. La idea de robarte no era por el dinero en sí, era más bien por joderte, por el tema de que haces trata de blancas y eso─ dijo Antonio mirando al jefe. ─ Lo de las putas era algo que no sabía cuando empecé a robar coches para vosotros. Para mí, lo de robar coches de alta gama me parecía casi filosófico; era como joder a los ricos para dárselo a los menos ricos. Un Robin Hood capitalista.
─Antonio, déjate de charlas de moralina y dime dónde está la pasta o vas a saber lo que es el dolor de verdad.
─Cierto, hemos dicho que al grano. Al principio pensé en fugarme a algún sitio donde no me pudierais encontrar, rollo Nueva York o algo así, pero claro, quinientos mil euros tampoco es tanto dinero. Así que barajé donarlo a alguna asociación de víctimas de trata, para cerrar un poco el círculo, pero los bancos piden muchos datos, y yo no podía justificar la procedencia. En fin, que tras mucho pensar…
Un nuevo puñetazo en la cara de Antonio hizo que su rostro se constriñera en una mueca por el dolor y la imprevisibilidad del golpe.
─Vale, lo pillo, al grano. En la mesa de la izquierda ha dejado Paco mis cosas; si alguien me acerca el móvil… lo haría yo, pero las circunstancias me mantienen atado de pies y manos. Acércamelo a la cara, para el desbloqueo facial─ continuó Antonio.
Paco acercó el móvil a la cara de Antonio; después de una vibración, lo miró con extrañeza.
─Dice «no se te pudo reconocer» ─ dijo Paco.
─Quizás te has pasado dándome de hostias en la cara. Prueba a ponérmelo en la huella del índice derecho. Es que tengo patrón de desbloqueo y explicarlo es un follón.
─ Vale, ya está, ¿y ahora? ─ preguntó Paco.
─En la galería hay una carpeta que pone Vídeos. Pincha en el primero y pásaselo al jefe.
─¿No será verdad lo que estoy viendo, Antonio? ─inquirió el jefe con un tono de ira en la voz difícilmente disimulado. ¿¡Has quemado medio millón de pavos!?
─Es lo que te quería explicar al principio. No lo robé por el dinero en sí, lo hice por joder. Y como me agobié de cojones, lo quemé. No te creas que lo pensé mucho, pero me di cuenta de que me acabaríais pillando y dije, para nadie.
─¡Buscad ahora mismo gasolina por la puta nave, voy a quemar vivo a este hijo de la gran puta! ─atronó la voz del jefe, amplificada por el eco del enorme espacio abovedado. —Eres el tío más gi-li-po-llas que-he co-no-ci-do-en-mi-pu-ta-vi-da.
A cada sílaba, la cara o el cuerpo de Antonio recibía un golpe del jefe, hasta dejarlo en un estado de seminconsciencia.
─ ¡Dónde pollas está la gasolina!, ¡quemad a este gilipollas!
Antonio comenzó a susurrar algo, en estado de seminconsciencia, casi como si estuviese dormido. El jefe le agarró el pelo y acercó la boca de este al oído.
─ Y grito fuego, mantenlo prendido y fuego. No lo dejes apagar y grito fuego. No lo dejes apagar─ canturreaba Antonio, sin apenas ritmo, la letra de la canción de Bomba Estéreo.
─¡Vete a tomar por culo, gilipollas! ─ bramó el jefe mientras desenfundaba una Glock G19 de 9mm.
El clic del amartillar de la pistola del jefe hizo sonreír por dentro a Antonio. Había conseguido engañar al jefe; el dinero estaba a salvo en un banco en las islas Bikini. Unos cuatrocientos treinta y dos mil euros, descontando los gastos de gestión, las comisiones y los dos mil trescientos euros en billetes falsos que fueron quemados para recrear el engaño. Desde allí todos los meses le mandarían una transferencia de dos mil euros a su hermana; había para unos 18 años. Esa transferencia siempre iría acompañada con el mismo concepto:
Paga la residencia de mamá, el resto es para ti.
Te quiero.
Antonio
También sonreía porque, al sacar de quicio al jefe, se acababa de librar de ser quemado vivo, algo que no le apetecía demasiado, por más que pasar toda una noche atado a una silla le hubiese enfriado el cuerpo.
─ Hasta nunca, gilipollas.
─ Chin─ alcanzó a decir Antonio, justo antes del pum de la pistola.