GENERACIÓN ESTRELLA
FINALISTAS 2025
RELATO FINALISTA 2025
LA ÚLTIMA MATERIA
Francisco Javier Insa García
Morir es lo más importante que harás. Lo entendí la noche de Lorenzo. Y nada fue como en los libros ni en las películas tristes de domingo. Fue… otra cosa. Algo que empezó una mañana de abril con una mancha de mostaza en su camisa.
Era mi vecino, Lorenzo. El del piso de arriba. El que tocaba el saxo a deshora con un sonido lastimero, eco de un tren en una vía muerta. Vestía trajes que olían a naftalina y a sueños marchitos, y siempre escondía una historia improbable en el bolsillo trasero junto al pañuelo arrugado. Un hombre común, hasta que dejó de serlo. Cuando la materia, esa certeza invisible que nos ata al mundo, empezó a licuarse en él.
Fue un martes. Golpeé su puerta porque el goteo de mi baño —un plip, plip insistente— provenía de sus tuberías. Me abrió. Parecía Lorenzo, pero “menos”. Había bajado el contraste de su existencia. Y allí estaba, en el centro de la camisa blanca, aquella mancha amarilla, incongruente y viva.
—¿Mostaza, Lorenzo? —pregunté, señalándola con el mentón.
Él bajó la vista con lentitud. Sus dedos huesudos tocaron la tela. No frotó, apenas palpó la mancha con una curiosidad distante.
—No lo sé, Benjamín —susurró—. Apareció. Es como si la camisa se hubiera cansado de ser blanca.
No insistí. Lorenzo tenía sus rarezas. Pero al día siguiente, la mancha había crecido. Ya no era un simple círculo: se extendía hacia el pecho con bordes difuminados, y en la luz de la ventana adquiría un fulgor extraño: oro fundido.
—Eso no parece normal, Lorenzo —le dije con un nudo en la garganta y frío en el estómago.
Él se encogió de hombros.
—El médico dice que no es nada. Algo dérmico, sin importancia.
Pero en sus ojos grises había un brillo inquietante: el desconcierto de quien descubre que la gravedad no puede ser opcional.
La semana siguiente fue una pendiente hacia lo imposible. La mancha no solo crecía, sino que cambiaba. En algunos puntos era translúcida: a través de ella podía adivinarse el dibujo de la camiseta interior, la sombra de su esternón. Su carne perdía densidad, transmutándose en idea más que en sustancia.
El médico vino dos veces. Tomó muestras, frunció el ceño, hojeó manuales y consultó pantallas. Al final, en la escalera, me confesó en voz baja:
—No encaja con nada, señor. Es como si su estructura molecular se estuviera deshilachando. Sin dolor, sin fiebre. Simplemente… desaparece.
Lorenzo dejó de tocar el saxo. El silencio del edificio resultó más inquietante que su música desafinada. Pasaba horas en la butaca, frente a la ventana, observando el resplandor de su torso. Ya no era mancha, sino un territorio amplio, una nebulosa de ámbar y oro suspendida bajo la piel. Hermosa y aterradora.
Una tarde murmuró:
—No duele, Benjamín. Es despojarse de un abrigo pesado, pero el abrigo soy yo.
Traje entonces al abuelo Emiliano, con su olor a tierra húmeda y tabaco negro. El hombre que guardaba la memoria de los siglos en sus párpados caídos. Apenas entró, aspiró el aire rancio y vio el torso translúcido de Lorenzo. No dijo nada. Extendió la mano callosa hasta rozar el vacío que se expandía en su cuerpo.
—Se deshace —murmuró—. La cuerda que lo ata a este mundo se está soltando. No es enfermedad, hijo. Es despedida.
Lorenzo lo miró con una súplica líquida en los ojos.
—¿A dónde va lo que se desvanece?
—Nadie lo sabe —respondió mi abuelo—. Niebla entregándose al sol: se va para ser otra cosa.
La última fase llegó con rapidez. Primero un brazo: huesos como sombras grises en un resplandor de oro. Luego una pierna. Ya no caminaba. Su cuerpo era una silueta de bruma dorada. Tan solo sus ojos conservaban intensidad, ansiosos por memorizar cada mota de polvo en el aire.
La noche del viernes, el silencio fue absoluto. El abuelo y yo velábamos junto a él. Lorenzo era ya un contorno vibrante, sus ojos dos pozos de luz.
—Está listo —sentenció el abuelo.
Apagó la lámpara. La luna derramó su luz fría por la ventana.
Entonces Lorenzo exhaló. No un ruido, sino un suspiro profundo, inmenso. Y su cuerpo estalló en polvo. Un polvo áureo, finísimo, que se elevó en espiral hacia la ventana. Brillaba como polen fosforescente. Olía a madera tierna, a saxo ausente, a lluvia primera. Era hermoso, y dolía.
La nube dorada ascendió, flotando en la sombra, hasta que empezó a moverse hacia la ventana abierta. Dudó en el marco, se arremolinó, como si quisiera despedirse del saxo, de la butaca, de nosotros. Y después se deslizó hacia la noche.
Corrimos a la ventana. Nada. Solo la luna, las estrellas, el rumor lejano de la ciudad. El polvo dorado, la última materia de Lorenzo, se había ido. Absorbido por la oscuridad, disuelto en el aire, transformado.
Al volver, la butaca guardaba el hueco de su cuerpo extinto. El abuelo se dejó caer en silencio.
—A veces lo que se va deja un vacío que no se llena nunca —murmuró.
Asentí. No dije nada. Pero entonces sentí un cosquilleo en el pecho. Abrí la camisa. Allí estaba: una mancha amarilla, minúscula, un sol naciente en la tela.
El abuelo lo vio. No apartó la mirada. Sus ojos se velaron de insondable tristeza.
—Ya empezó —dijo.
No añadió nada más. Y comprendí, con una certeza helada, que el misterio no se había ido con Lorenzo.