GENERACIÓN ESTRELLA

 FINALISTAS 2025

RELATO FINALISTA 2025

RUIDO

Ana Hernández Fernández

El insistente timbre del despertador sonó en la penumbra de la habitación. Rápido, sentí como Mario se incorporaba y, dando manotazos, intentaba apagarlo. En su prisa, el aparato rodó por la mesilla y cayó al suelo, atronando en la habitación como una bomba atómica. Yo levanté el brazo y me cubrí con las sábanas.

 ⸻Lo siento ⸻musitó Mario, casi para sí mismo.

Yo quedé paralizada. No emití ningún sonido. Él sabía que, hacía ya tiempo, desde el incidente, prefería el silencio.

Mario y yo nos habíamos conocido en un festival de música tecno unos diez años atrás. Él había pasado el verano de concierto en concierto; yo, sin embargo, me encontraba en aquel antro por pura casualidad. No sé si fue la música, el alcohol o aquella capacidad de Mario para conquistar a la gente; pero, el caso, es que conectamos enseguida. Bailamos hasta que, prácticamente solos en la pista, el sol nos echó de allí. Ese verano aún quedamos un par de veces más.

Mis amigas, mis padres, mis compañeros de trabajo y, sobre todo mi hermana Dora, no podían entender cómo había pasado de ser una persona tranquila que le gustaba leer, pasear y escuchar a Vivaldi, a meterme en esas enormes carpas repletas de ruido, colores, luces y gente poseída que saltaba sin parar durante horas. Ellos no se daban cuenta que, allí dentro, envuelta en aquellas vibraciones, no tenía que molestarme en hablar, era mi cuerpo el que se expresaba por mí. Ese esfuerzo constante por escuchar a los demás, interpretar sus mensajes y dar una respuesta adecuada me agotaba. Siempre fui un tanto solitaria, con gustos tranquilos y sin muchas citas sociales. Dora decía, y quizá tenía razón, que era un rasgo TEA en toda regla. Introducirme en aquel ambiente de ritmos hipnóticos fue una liberación. No tenía que hablar, solo moverme, sin que los demás se fijasen en mí. El impacto físico y auditivo que suponía aquella música, lejos de estresarme, como les pasaba a los demás, a mí me relajaba, me abría la mente y el cuerpo. Las bajas frecuencias resonaban en mi pecho y se acompasaban al latido de mi corazón.

Y luego estaba Mario. Mario era un dios. No era especialmente guapo, pero tenía un atractivo natural que deslumbraba a la gente. Seguro de sí mismo, risueño y con la atención justa hacia mí (ni mucha ni poca), resultaba irresistible.

Excepto por nuestro hobby, nuestra historia fue parecida a la de otras parejas: salidas con amigos, cines, cenas y conciertos. Poco a poco, y sin que yo me diese cuenta, la relación se consolidó. Conocimos a nuestras respectivas familias, realizábamos viajes juntos y pasábamos el tiempo como unos novios cualesquiera. Todos, incluidos mis padres, se acostumbraron a aquella afición nuestra por la música electrónica y llegó un momento en que se normalizó. Todos menos Dora que, usando su insoportable jerga médica, mantenía, y así nos lo recordaba continuamente, que éramos un par de adictos a la gran liberación de dopamina que generaban aquellas frecuencias sonoras.

Llevaríamos unos tres años de relación, cuando Mario me pidió que nos fuésemos a vivir juntos. Fue algo natural. Algo que sabíamos que tenía que llegar. No hubo una gran fiesta. Simplemente la evolución certera que ambos deseábamos. O por lo menos, yo lo sentí así.

Alquilamos un apartamento en el centro. Era un lugar pequeño, pero era la primera cosa en común que poseíamos y estábamos felices. Compramos un par de altavoces Adam Audio T5V y los instalamos en el salón. Nos pareció que los viejos altavoces de Mario no eran suficientes. Pasada una semana, ya habíamos tenido problemas con la mayoría de los vecinos del edificio. Limitamos las horas de música, incluso las acotamos a los fines de semana; sin embargo, nada fue bastante. Cumplidos los meses de contrato, nuestro casero nos invitó a desalojar el piso. Entonces, decidimos mudarnos a un lugar más apartado, con pocos vecinos; ya que, dejar de escuchar tecno era algo que ni nos planteábamos. Fuimos de vivienda en vivienda: pisos, casas, bajos, cada vez más a las afueras, cada vez más solitarios, pero siempre acabábamos teniendo problemas. Hasta que Mario encontró la solución.

Era una casa pequeña y muy deteriorada. Su único encanto era que, el ser humano más cercano, vivía a diez minutos en coche; un poco menos si lo hacías en bici, campo a través. Estaba cerca de la costa, donde una serie de acantilados habían evitado el boom turístico en la zona. La acomodamos a nuestro gusto, poco a poco, sin prisa. Nos adaptamos perfectamente a la rutina en nuestro pequeño mundo remoto y sonoro. Mario trabajaba online para una empresa de software. Yo, por mi parte, solicité el traslado a un hospital cercano. No solo por desplazarme menos kilómetros, sino también, aunque esté mal que lo yo diga, porque no soportaba trabajar junto a Dora. Mi hermana no era la mejor jefa. Siempre sintiéndose superior por estudiar medicina y yo enfermería. La mudanza a mi nueva casa fue la excusa perfecta para alejarme sin tener malos rollos con ella. Había elegido el turno de noche para poder trabajar veinticuatro horas y después librar dos días. Así que, Mario y yo disfrutábamos de mucho tiempo libre para hacer de lo que más nos gustaba: escuchar música a todo volumen. Teníamos una vida perfecta. Hasta que el incidente lo cambió todo.

Al principio fue algo sutil: ya no me gustaba que Mario pusiese la música a todo volumen. Apenas eran dos posiciones en el regulador del altavoz, pero a mí me molestaban. Se lo dije varias veces, pero él se sentaba en el salón, mirando hacia la ventana y ni siquiera se molestaba en contestar. Así pasaron días, semanas, creo que meses. Mario siempre en el salón con el tecno a todo volumen. Llegó un momento en que el caudal de sonido me dio igual. No soportaba aquella música retumbona y repetitiva. Mario me miraba suplicante, parado junto al equipo de música, sin tener valor para apagarla. Hasta que yo me acercaba y, de un golpe, la quietud volvía a la casa. Me despertaba la música en el salón, me duchaba y la oía, comía y los sonidos se metían en mi cabeza. Un día salí al cobertizo, cogí el martillo de la caja de herramientas, y destrocé los altavoces. La música dejó de sonar. Al menos, por un tiempo.

Solucionado el problema del tecno, comenzaron a molestarme otros ruiditos de Mario: la cafetera sonando por la mañana, la ducha sin cerrar la puerta del baño, el cepillo de dientes tintineando en el vaso, su manía de masticar las tostadas a toda prisa. Yo gritaba desde la cama. Le pedía que cerrase la puerta, que no hiciese tanto ruido. Le increpaba porque yo quería dormir. Dormir plácida y tranquilamente, como antes de que todo cambiase.

Fui a la farmacia y compré unos tapones para los oídos. En un principio, los usaba solo para dormir, pero enseguida comencé a llevarlos todo el día. Aun así, no era suficiente. Oía las pisadas de Mario que repiqueteaban por toda la casa. Lo sentía ir de la habitación al baño, del baño al comedor, bajaba la escalera y salía al jardín. Incluso fuera de casa me llegaba el eco de sus pisadas en el césped, crujiendo bajo sus pies. Visité un centro auditivo y me confeccionaron unos tapones a medida que se adaptaban perfectamente a mi oído externo. Tenía la esperanza de que así, Mario y yo pudiésemos convivir sin molestarnos mutuamente. Fue inútil. Las ondas sonoras que producía su cuerpo penetraban entre las rendijas de mis oídos para llegar hasta mi cerebro y taladrarlo.

Como entrar en nuestra habitación era lo único que Mario no había vuelto a hacer desde el incidente, conseguí una cantidad ingente de cartones de huevos y, al estilo de los viejos estudios de radio de pueblo, forré todas las paredes del que había sido nuestro cuarto. Instalé una tele en la pared y comencé a realizar mi vida dentro de esas cuatro paredes. Comía, dormía y pasaba la mayor parte de mi tiempo allí, con la tele a todo volumen para no oír a Mario moverse por toda la casa.

Ese acuerdo tácito entre nosotros duró un tiempo, hasta ese día en que su despertador sonó a mi lado. Saqué la cabeza de debajo de las sábanas y, muy despacio, le miré. Oía su respiración como si fuese la locomotora de un tren. Sentía como su saliva bajaba por la garganta al tragar. Su pestañeo llegó hasta mí como si batiesen las alas una bandada de cuervos negros. Miré la fecha en el reloj. Justo un año. Corrí hacia el acantilado. Quizá hoy si me atreviese.

El día del incidente, había salido a trabajar temprano. Llevaba una semana en la que no me encontraba muy bien. Tenía náuseas y el estómago revuelto. Había tomado varios probióticos y alguna pastilla para la acidez sin éxito. Lina, mi compañera, dijo riendo: “¿no estarás preñada?” Yo sonreí también. Llevaba algo de retraso ese mes, pero siempre había tenido reglas irregulares y no le hacía mucho caso al calendario. Aún así, fui al laboratorio del hospital y les pedí una prueba de embarazo. En un par de horas tenía el resultado. Yo no tenía especial interés en los niños y con Mario nunca había hablado de ello. Pero cuando vi aquel “positivo” en el papel, una emoción que nunca había sentido me recorrió las entrañas. No podía esperar a terminar el turno. Cogí el coche y fui a casa. Al llegar, me sorprendió ver luz en el dormitorio. Qué haría Mario despierto. Aparqué fuera y di la vuelta para acceder por el salón. Entonces vi el Audi rojo de Dora junto a la verja de entrada. Algo había pasado. Entré a toda prisa y subí corriendo las escaleras.

⸻¡Mario!

Estaban ya levantándose de la cama cuando entré. Creo que estuve parada unos segundos, mirando la cara de sorpresa de Mario y la de satisfacción de mi hermana. Dejé de pensar. Una niebla espesa se instaló en mi mente y comenzó a gobernarme un solo instinto: huir. Salí al jardín y corrí hacia el acantilado. Paré justo en el borde. El aire me azotaba la cara y silbaba en mis oídos. Miré hacia abajo. Una sensación de vértigo se apoderó de mí.

⸻No lo hagas.

Vi llegar a Mario corriendo desnudo. Yo no pensaba saltar. ¿O sí? Lo que quería era estar sola. Se acercó por detrás en un intento de sujetarme. Caímos abrazados. No recuerdo bien el impacto, ni los minutos posteriores. Solo la percepción de vacío y su cuerpo debajo del mío. Me dijeron que él y el bebé murieron en el acto.

Desde entonces, no soporto el ruido que Mario hace en casa.