GENERACIÓN ESTRELLA
FINALISTAS 2025
RELATO SEGUNDO PREMIO 2025
TARDE DE DOMINGO
Pedro López-Muelas Vicente
Fue entonces que lo escuché, entre el sonido estridente de la televisión.
Sigue.
Y, de pronto, un grito ahogado. Así, como un eco lejano.
Tranquilo, toro, exclamó entre risas el Jota.
Nos levantamos de los sillones hundidos. Asomamos nuestras cabezas por encima de la tela sucia. Un biombo mal hecho, con retazos de una cortina vieja. Poco más de un metro y medio de alto. Y estaba la Estefanía limpiándose en un trapo de cocina a cuadros, raído. El Manolo tenía la camisa desabrochada, el pecho estrecho, sin un pelo. Sonreía el Jota, el Manolo. Yo, también, pero nervioso.
Te toca, me dijo impaciente la Estefanía.
El Manolo, que no se quería mover de la camilla, no puedo, decía, los ojos cerrados, la sonrisa en esa boca grande, los dientes amarillos, casi como la cresta de su melena.
Que te levantes, loco.
La Estefanía era delgada, llevaba unos pantalones vaqueros muy cortos, una camisa a cuadros rojos arrugada que dejaba apenas intuir sus pechos pequeños. Era baja, con el pelo negro recogido en una coleta larga. Un lunar cerca de la boca.
Venga, vamos. Me miró con sus ojos pequeños, que parecían dos bolas negras.
Y todos observándome.
Me los bajé de una. Los pantalones y los calzoncillos a la vez. Me acosté en la camilla estrecha, casi me caía. La Estefanía no dijo nada. Me avergoncé de mi olor rancio. Solo cuando me puso una crema caliente, se camufló con el perfume mentolado. Los otros dos se fueron a los sillones mugrientos de la entrada. Se encendieron un cigarrillo mientras veían la tele.
Olía a comida, a puchero añoso. Era una sala pequeña, rectangular, la entrada de la calle a menos de un metro. La cocina, en el rincón de la izquierda. Al fondo había dos puertas. Una debía ser el baño, la otra, quizá una habitación.
Entonces pasó lo del niño. La puerta derecha se abrió de golpe. El niño señalándonos, riendo. Tenía quizá tres años, o menos. Querría jugar, supongo. Pero todo como vacío, sin gracia. Josémanuel, gritó ella, Josémanuel, ahora mismo a tu habitación, castigado. Y el niño se quedó contemplándola un segundo, y otro a mí, que me incorporé del camastro estrecho. Cerró la puerta. La Estefanía me examinó un instante. Me cogió la mano, se la llevó al pecho. Venga, concéntrate, me dijo. Y se me acercó aún más.
El Manolo acechaba por encima del biombo.
Después, se limpió en el mismo trapo de cuadros.
El Manolo fue hacia ella, le dio veinte euros. Toma, preciosa.
Ella ni le contestó.
Si un día queremos un polvo, los tres, una tarde, cuánto.
Veinte, cada uno. Se encendió un cigarrillo, expulsó el humo hacia arriba.
Venga, estás chalada.
Pues nada, hizo una pausa, os quedáis sin follar, dijo con una risa burlona. Y abrió la puerta.
Treinta los tres, ¿vale?
Que no, que no. Si eso, cincuenta los tres. Hizo un gesto con el brazo.
Bueno, ya hablaremos, nena, ya vendremos a verte otro día. El Manolo le rozó el culo, intentó besarla, pero ella lo apartó con la mano.
Los patinetes estaban en el patio de la entrada, sombrío, bajo un trozo de tejado de plástico amarillo partido. A pesar de ser casi noche cerrada, se vislumbraba la suciedad en la zona de los limoneros, algunas cajas de cartón rotas, platos, vasos de plástico, varias latas vacías. A la derecha una moto llena de polvo.
La huerta se comía la poca luz del carril. Los árboles desbordaban la carretera angosta. Alguna luz dispersa. El Jota iba delante. El Manolo y yo, detrás, compartiendo el patinete.
Está buena la Estefanía, ¿a que sí? me preguntó. Noté su aliento agrio y caliente, mientras pasábamos por los carriles estrechos de la Albatalía camino a Murcia. Ahora está con el gitano ese. Qué gitano, le respondí. Era la segunda o tercera vez que salía con ellos, aunque me hablaban como si fuera del grupo desde siempre. El Sandor, un camello, bah, un pobre desgraciado. Ah, vale, asentí. A ti te ha dejado tocarle las tetas, cabrón.
El Jota paró enfrente del kebab de San Basilio. Tengo hambre, dijo. No hay perras, respondió el Manolo. Yo me saqué tres euros. El Jota, cinco. El Manolo, nada. Se había gastado sus veinte con la invitación de la Estefanía. Podríamos ir a Juan Carlos Primero, algún pijo vuelve a esta hora. Algunos domingos los críos ricos van al cine, mamonean por Alfonso X, me explicó el Manolo. Nos miramos. Salimos hacia allá.
Aquí, aquí. Putas cámaras, están por todos lados. Dijo el Jota, apartándose de la farmacia. En una calle con poca luz, la que lleva al hospital.
Nos encendimos un peta. Estuvimos un buen rato. Empezaba a hacer frío. Pasaba un coche de vez en cuando, una pareja de novios, grupos de tres o cuatro chavales juntos. Nosotros estábamos en un portal. Es la última china, dijo el Manolo. Y nos hicimos otro canuto.
Y por qué os vinisteis de Águilas. Me vine yo solo, le respondí al Manolo. Mi madre está en Palma de Mallorca, trabajando en un hotel. Yo he venido a Murcia a vivir con mi hermana. ¿Y tu padre? En Barcelona, están divorciados. Le mentí.
Al rato, por fin apareció un chaval, no más de quince, con un jersey atado a la cintura. Iba distraído, mirando al suelo. El Jota y el Manolo se le echaron encima, yo me quedé atrás. Nene, las perras, le exigieron. Y el móvil. El chico llevaba el flequillo muy largo por encima del ojo izquierdo, casi que se lo tapaba. Empezó a llorar de inmediato. El móvil no, contestó. Que me lo des, mamón, o te calzo una hostia. El chico llevaba una curda importante, me dijo el Manolo después, no has visto que iba a cuerpo. Y la cara roja, añadió el Jota. Pero has sido muy bestia. Que no, que si no nos la lía, les respondí. El Manolo lo cogió de atrás, yo avancé y le di dos puñetazos en la cara, otro en el estómago. El Jota le quitó el móvil, y del bolsillo de atrás un manojo de billetes. Vamos, vamos, dijo el Jota. Corre. El pijo se quedó de rodillas, mirándose espantado la camisa amarilla llena de sangre.
Había poco tráfico, eran casi las diez. Llegamos al kebab. El Manolo se sacó del bolsillo los billetes hechos un truño. A ver, veinte, treinta, cagúelaputa, bro, sesenta y cinco. Menudo cabronazo, gritó. Más el iPhone, dijo el Jota. Nos chocamos las manos. El Manolo fue al chino de Abenarabi. Él era el único de los tres que tenía la edad. Se trajo en una bolsa una botella de Negrita, una grande de Coca-Cola, vasos de plástico. Y tres paquetes de Camel.
Llegamos al parque de la Fama diez minutos después. No había nadie.
Y ahora un mai, ¿no? dijo el Jota después de comerse el kebab. Llevaba un septum colgando de la nariz, roja por el frío, dos pendientes en la oreja derecha que relucían con las luces mortecinas del parque. Dame el móvil. Y Manolo se fue con el patinete otra vez. El Jota se encendió un cigarrillo.
Y vais mucho a la Estefanía. Que no, me respondió el Jota. El Manolo está un poco por ella, creo, rio. Y de qué la conocéis. Es que iba con el Manolo al colegio. Y el niño, pregunté. Ni Dios sabe, respondió.
Tarda mucho el Manolo, ¿no? Miré al Jota. Tenía los ojos muy abiertos, observando el muro de la universidad. Se encendió otro cigarrillo. A lo lejos vimos que llegaba, por fin. Haciendo eses. Ochenta euracos y una china gorda, bro. El móvil, de lo último de iPhone, menudo el niñato.
Nos fumamos dos porros más. Y media botella de ron. El Manolo no paraba de reír. Se acordaba del pijo y se retorcía a carcajadas. De pronto se puso serio, la cara blanca, la barba mal afeitada, el pelo rizado, sucio. Que no hay huevos, dijo. Que sí, pero que es tarde, le dije yo. Mira el guapito, a este le da todo igual. Que no, le respondí, pero es tarde, mañana hay clase, ¿no? Que no, nene, que al instituto irá su puta madre. Mira, vamos a la Estefanía y nos la tiramos. Aspiró el canuto y sonrió.
Y otra vez camino de la huerta. Sin pensarlo.
Todo más oscuro. Una niebla fina encima de los árboles. Hacía frío, se incrustaba en los huesos.
En la casa solo se veía una luz encendida, anaranjada. Llama tú, me dijo el Manolo. Que no, yo no. Se acercó el Jota, los ojos muy rojos de los porros, del alcohol, del frío. Dentro apagaron la tele. La Estefanía miró por el resquicio de la puerta, ¿quién? Abre, dijo el Jota. Que qué queréis, preguntó. Verte. Se asomó tras la puerta y el Manolo sonrió, se sacó poco a poco el billete de cincuenta.
Entonces apareció el gitano, detrás. Nos quedamos los tres en silencio. A la puta calle, dijo. Cogió el billete. Era alto, muy delgado, los ojos irritados, la voz cansada, terrosa. Por lo menos tenía ya treinta y pico de años. Mañana venís y ya veremos. Que nos devuelvas las perras, exigió el Manolo. Y una mierda, contestó el gitano. Que sin las perras no nos vamos. Apartó de un manotazo a la Estefanía. Se puso de frente al gitano. Casi haciendo un esfuerzo, el Sandor se agachó y le dio con la cabeza en la nariz. Se oyó un crack, pero tenue, así como amortiguado. El Manolo se tocó, debió notar la sangre caliente. Yo creo que se cayó antes de que todos comenzáramos a darle puñetazos. Y en el suelo, patadas, en la cara, en el estómago. La Estefanía chillaba. Pero los gritos solo cebaban nuestro odio. Se encendieron algunas luces en el carril. Se escuchó dar voces a algún vecino.
Venga, silencio, ordenó el Manolo. A mí me tuvieron que agarrar entre los dos, estaba ciego por matarlo.
Cuando entré a la casa de mi hermana ya era muy tarde. Se levantó, despacio, sin hacer ruido. Así vas a terminar como el papá, me dijo. A saber, lo que estabas haciendo un domingo a estas horas. Menudo imán tienes para los amigos, imbécil. Me quité los pantalones y me eché en la cama, al lado de mi sobrino.
Ya me estaba durmiendo, chapoteando en la nube fangosa de alcohol y hachís. Antes, pude ver que la sangre del gitano había salpicado mis botas. Y, mañana tenía examen de lengua, recordé.
El whatsapp sonó. El Jota me envió el vídeo.
Y quizá soñé con el Manolo trajinándose a la Estefanía.
Fue entonces que pensé, menudo marronazo, colega.