GENERACIÓN ESTRELLA

 FINALISTAS 2025

RELATO FINALISTA 2025

UNA ESTRELLA

Israel Box Hernández

De niño, tenía dos pasiones, el cine y la cocina. Mi padre, en cambio, tenía una: fracasar en los negocios. En el 81 fundó “Videncia por fax”. Los clientes le mandaban la palma de la mano fotocopiada y él respondía con el porvenir. Siempre veía futuros negros, aunque el fax no tuviera tinta. En la España de principios de los 80, casi nadie tenía fax, salvo él y dos japoneses en Málaga. El negocio naufragó, claro. Para olvidar los números rojos, se ponía una cinta en Beta donde De Funès, dueño de un restaurante de alta cocina, reñía con igual empeño a cocineros y clientes. Lo hacía cada vez que fracasaba, así que fracasó mucho, porque tantas veces vi la película que, por ósmosis, a los cinco años ya cocinaba. Inventé una sopa de tomate con uvas pasas que aún hoy me sabe a infancia. Cuando me preguntaban a qué me dedicaría, dudaba entre cacerolas o cámaras, hasta que una tarde mi madre me llevó al cine Rex a ver E.T.. Tenía seis años, un bizcocho de chocolate que yo mismo horneé —se derritió en mi mano a mitad de película— y la convicción de que seres mágicos bajaban del cielo para suplir mis carencias afectivas. Mi madre se durmió a los veinte minutos y despertó justo cuando E.T. moría. Lloró como si hubieran desenchufado a mi abuelo.

—Esto es cine, hijo: doler bonico —dijo.

Y elegí el cine, como se elige el insomnio al enamorarse. Porque cocinando sentía el estómago lleno, pero rodando sentía mariposas. Y las mariposas, aunque no alimentaban, eran más difíciles de conseguir que un buen sofrito. Esa semana rodé mi primer corto con la betamax de mi padre: Amigo Calcetín. Un niño encontraba un calcetín parlante que lo guiaba hasta la sección juguetes del Pryca. Yo puse voz al calcetín, tratando de imitar a E.T., pero lo que salió fue una especie de Chiquito de la Calzada con bronquitis. Crecí sin grandes sobresaltos, salvo por las fiebres stendhalianas provocadas por los planos secuencia de Bergman y las indigestiones de tomate con pasas. Terminado el instituto, me matriculé en Comunicación Audiovisual.

Pensaba que, para rodar 2001, Kubrick también habría pasado por la Complutense. ¡Error! Dormí poco, monté mucho y contradije a profesores que creían que el cine debía “contar algo”. A veces pensaba que mejor me hubiera ido en cocina: allí, cuando dicen “¡Corten!”, suele ser con cuchillo. Gracias a un contacto que hizo de figurante borracho en una película de León de Aranoa, conseguí una subvención. Así rodé mi primera película: Franqueo Postal. Un anciano reescribía la misma carta de amor durante nueve inviernos. En teoría, era un monólogo sobre la pavorosa quietud de lo inevitable. En la práctica, se rompió la pértiga del micro y acabó siendo una oda al cine mudo con guiños a Sedgwick y Buster Keaton. El día que Carlos Boyero la reseñó en El País fue el principio del fin:

Una experiencia cercana a la muerte. Lenta, pretenciosa. Insustancial. ¿Ópera prima? Deberían llamarla delito penal. Recomendada para quien desee suicidarse sin manchar la alfombra.”

Leí la crítica en bucle durante semanas, como quien relee la autopsia de su perro. Y sin embargo, seguí. Rodé Perras Gordas, Las Alpargatas del Padre y mi obra cumbre: Méteme un Mixto, donde dos supervivientes de la guerra civil, uno de cada bando, atrapados en una cueva, dialogan a la luz de las cerillas. Boyero no la criticó, la ejecutó:

La película es tan lenta que envejecí dos años visionándola. Los protagonistas miraban una cerilla y yo, el reloj y mi vida pasar. A mitad de metraje me puse a charlar con el acomodador. No es cine contemplativo: es castigo bíblico.”

¡El tipo no era un crítico, era un verdugo con formación en humanidades! Cada estreno mío era un velatorio y cada crítica suya, la lápida. Nunca me daba más de una estrella sobre cinco. ¡UNA ESTRELLA! Como si incluso el firmamento le pareciera sobrevalorado. Redujo toda mi obra a cifras, como quien resume una vida en una fecha de defunción. Intenté seguir. Reescribí guiones, vendí muebles, dirigí un corto sobre un suicida que no moría por falta de presupuesto. Las críticas me desfondaron. Dudaba de cada plano. La ansiedad me cercó. Me diagnosticaron agorafobia.

Pasé un año sin salir de la cocina. Me refugié en la precisión tranquilizadora que ofrecía la gastronomía: espumas, apios, hojaldres, reducciones. Pedía ingredientes por internet y viajaba con el paladar, sin cruzar el rellano. Abandoné el cine, no el rencor. Fue la noche en que el SAMUR irrumpió en casa, cuando el orfidal se fundió bajo mi lengua y lo vi claro. Una certeza tibia, química, pero certeza. Me volví… ¿cómo definirlo? Digamos… “proactivo”. Si él diseccionaba mi alma con saña de entomólogo rencoroso, yo haría lo mismo con su vida. No desde la venganza, sino desde la crítica. Quid pro quo. Él había destrozado mi obra; yo desmontaría la suya. La diferencia es que él escribía sobre mis ficciones y yo lo haría sobre su realidad. Con voz en off. No insultaría. No amenazaría. Haría lo que él hacía conmigo: narrar su existencia con tono de crítica cinematográfica. Con voz solemne. Frases demoledoras. Injusticia lírica. Y lo haría en directo. La ejecución requería logística. Compré por AliExpress un micrófono y un altavoz con ruedas diseñado originalmente para karaokes callejeros y predicadores espontáneos. Lo esperé a la salida de la radio. Lo seguí hasta un bar. Pidió un carajillo y encendí el micrófono:

—Plano general: hombre cansado. Barba de confesor. Mirada de siesta mal digerida. Pide café con “chorrico” sin épica gestual, pero con resignación estética digna de Antonioni.

El camarero rió. Boyero no. Me miró como si pisara una realidad paralela. Salí corriendo, con el corazón huyendo de su jaula. Esa noche no dormí. Ensayé tonos de voz, buscando la cadencia irónica con la que aniquilaba mis películas.

Al día siguiente lo esperé a las puertas de la redacción y lo seguí hasta Mercadona. Golpeaba una sandía como quien interroga a un tambor por un crimen sin resolver. Preguntó al encargado si tenían cebollinos.

—Es para una ensalada parisien —dijo.

Me indigné. Cualquiera con un mínimo de cultura gastronómica sabe que una ensalada parisien jamás lleva cebollino. Es como echarle kétchup a un libro de Marguerite Duras. Me acerqué arrastrando el altavoz:

Travelling lateral. Sección frutería. Boyero aparece como quien entra a una sala de espera existencial. Golpea una, dos, tres veces, como si buscara sentido en el eco. ¿Madura o vacía? ¿Dulce o apariencia? Es incapaz de catar sin destruir. Fruta indefensa. Drama en carrito con rueda torcida.

Boyero giró la cabeza y me lanzó una mirada de furia y derrota. De esas que no matan, pero envejecen. Un martes gris, de los que parecen pintados a carboncillo, cambió un décimo de la ONCE con reintegro y entró al estanco. Lo seguí con el altavoz encendido y la dignidad en huelga:

—Plano corto. Cajetilla de Ducados. La cámara tiembla: no por estilo, sino por verdad. El personaje huye de sus demonios en forma de filtro blanco.

Y por primera vez, Boyero se dirigió a mí:

—Oiga, cretino. ¿Está usted loco o aburrido?

—Pregunta eficaz, aunque predecible. Falta de sorpresa en el diálogo.

—¿Es usted imbécil? ¡Déjeme en paz!

Lo dijo con esa mezcla de hastío y decepción que solo reserva para la filmografía de Almodóvar. Fue emocionante. Casi onírico.

—¿Es algún tipo de experimento?

—El personaje intenta racionalizar lo absurdo. Grieta narrativa abierta: ¿quién observa a quién?

Boyero suspiró. Encendió un cigarrillo.

—Continúe. Pero no espere que la crítica le aplauda.

Algo en su tono me paralizó. No era desprecio, era cansancio compartido. Como si lo nuestro no fuera odio, sino afecto narrativo. Mientras se alejaba, susurré:

—Plano final. Protagonista se aleja con dignidad de segunda mano. El narrador… se queda… sin… guion.

Y por primera vez, dudé si quería seguir con aquello, porque algo había cambiado: ahora Boyero me escuchaba. Fingía no hacerlo, pero actuaba… para la crítica. Caminaba más lento, con pausas. Un martes se sentó en un banco, sacó un libro de Vila-Matas y lo sostuvo sin abrirlo. Boyero se volvió actor principal. Cada gesto tenía consecuencias estéticas. Se ajustaba la bufanda. Se mesaba la barbilla mientras miraba escaparates fingiendo reflexionar. Entonces lo comprendí: la crítica, cuando insiste, modifica lo que observa. No era yo narrando: él vivía como si lo narrara. Se convirtió en personaje. La realidad es ficción sin director. Y sin público. Por eso necesitamos ser observados: entonces nuestras acciones cobran peso. Todo adquiere sentido si alguien dice: “El personaje, a punto de romperse, mira al horizonte”. Y así seguimos: él, representándose. Yo, narrándolo. El mundo, confundido. Las fronteras entre arte y costumbre, venganza y simbiosis, se desdibujaban. Y sentí miedo, porque quizás yo también había empezado a actuar… para él. Lo encontré una tarde en el Retiro. Sin cigarro ni libro. Solo él, el agua turbia y ese aire de final de película indie sin abrazos.

—Hoy no va a haber narración —dije.

Boyero asintió. Sacó una libreta, escribió algo y la guardó. Luego dijo:

—Tiene más pasión por el cine que muchos directores. Eso no basta. Pero a veces… es lo único que queda.

El silencio fue lo más parecido a un pacto. Miré el altavoz apagado, como un perro que ha aprendido a no ladrar. Sentí paz. Era el rencor jubilándose.

—¿Sabe? Quizá vuelva al cine…

—Espero que sea como espectador.

Me alejé sin prisa. Me sentí, no bien… pero vivo. Era suficiente.

Y mientras salía del parque, pensé: ¿no somos todos un poco críticos de la vida de los demás para no ver la nuestra? Quizás aún no he hecho mi mejor película. O sí, y ha sido esta. Volví a casa sin guion, pero con hambre. Abrí la nevera como quien abre un diario antiguo: buscando algo que no recordaba haber escrito. Cociné una sopa de tomate y uvas pasas. Grabé el proceso con el móvil y subí el vídeo a TikTok. En quince minutos, tenía tres “me gusta”. Uno mío. No importaba. Había vuelto a montar. A encuadrar. A narrar. Entonces apareció una notificación. Primer comentario. Venía de una cuenta con check azul, de esas con legiones de seguidores y juicios instantáneos. Lo abrí sin pensar:

La técnica del vídeo, impecable. La gastronómica, no. La sopa de tomate y pasas no se prepara así.

Apagué la vitrocerámica. Cerré TikTok. Abrí Google Maps. Tecleé: “Restaurante Yakitoro Madrid”. En pantalla, una dirección y una frase: “Cierra a las 23:30”. Miré el altavoz junto a la silla. Batería 12 %. Lo enchufé. Nunca se sabe cuándo la realidad volverá a necesitar un narrador rencoroso y con sentido del ritmo. Y ese comentario de @AlbertoChicoteOficial no iba a quedar sin respuesta.